Algo raro debo de tener dentro. A lo mejor en otra vida fui guionista de telenovelas latinoamericanas y es por eso. O puede que supla lo corto de mi nombre con los largos. Keine Ahnung.
Todos los tíos con los que he tenido algo más o menos serio, tienen un nombre que parece sacado de una telenovela, y es un hecho constatable. Nombres compuestos, combinaciones fruto de mentes maquiavélicas y disputas familiares entre el nombre que la madre quiere y el que le corresponde por tradición familiar, o los nombres de los dos abuelos aunque no peguen ni haciendo esfuerzos. Pero también hay nombres que incluso siendo simples pueden formar parte de esa novela absurda que parece que es en estos temas mi vida.
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martes, 14 de mayo de 2013
martes, 7 de mayo de 2013
El vestido vetado.
En el instituto tuve un profesor que no estaba demasiado cuerdo. Pertenecía a una extraña secta en la que además de ideas místicas para la elevación y unión del alma con la naturaleza, las teorías sobre la conspiración de la construcción de las Pirámides y la falsedad de la evolución darwiniana, le inculcaba la obligación de desterrar el negro de su vidas y llevar cada día de la semana un color determinado. Tras semanas de observación, los alumnos llegamos a establecer su calendario:
![]() |
| Recreación ficticia del armario del susodicho |
- Lunes: morado
- Martes: rojo
- Miércoles: amarillo o naranja
- Jueves: azul
- Viernes: verde
- Sábados y domingos: si lo veíamos por la calle, siempre iba de blanco.
A pesar de ser consciente de lo absurdo que había en aquella persona, hubo una época en la que pensé que no pasaba nada por intentar tentar la suerte a base de utilizar prendas de ropa que no se vieran demasiado de estos colores en momentos importantes (para la época, exámenes). Todo fue bien hasta que un viernes, ataviada con un jersey verde monísimo, suspendí el del carnet de conducir. Desde entonces, nunca más.
Pues bueno, igual que esta tontería tan ridícula, hay muchas otras supersticiones que me creo a pies juntillas sigo por seguir, aunque básicamente son la misma con distintos protagonistas:
Los bolis que no han estudiado bien un examen, no se presentan. Y tampoco los bolis que han hecho mal otros exámenes. No estoy dispuesta a correr el riesgo de que estén malditos y atraigan la mala suerte permanentemente.
La ropa y los pendientes que han traído buena suerte una vez, se vuelven a poner. Si no, como tampoco estoy tan loca ni tengo tanto dinero como para permitirme el lujo de tirar a la basura ropa y bisutería a lo loco, se les deja un espacio, para que se les (me) pase la tontería. Más difícil lo tienen la ropa o los pendientes que me recuerden a algo malo en especial. Ahí el tiempo pasa de ser solo semanas-meses a años. Me pasó con unos pendientes y una camiseta blanca monísima, y pude recuperarlos a los dos años, cuando la camiseta ya casi ni se llevaba. Ahora me ha pasado con un vestido, menos mal que es de invierno y no lo necesitaré hasta dentro de unos meses, cuando ya se haya pasado el mal fario.
Eso sí, no tengo ningún problema en abrir paraguas en lugares cerrados, no llevar ropa roja en Nochevieja, tengo un precioso gato negro y lo único que me preocuparía de que un espejo se rompiera sería clavarme un cristal.
jueves, 2 de mayo de 2013
Sexo en Nueva York
Todo el año pasado mis amigas estuvieron viendo Sexo en Nueva York, por orden, temporada a temporada. Yo no participé en semejante hazaña porque me gusta ir a contracorriente, lo que hoy se llama ser hipster. Y si todas lo hacían, yo me empeñaba en que esa serie de la que había visto un par de capítulos era una chorrada que no merecía mi atención.
Pero la vida da vueltas, sobre todo cuando solo tienes que trabajar doce horas a la semana, apenas tienes nada que estudiar, vives a 2500km de casa y la gente importante que había aparecido en tu vida en la Ciudad Posnuclear se ha acabado yendo. En este estado, decidí empezar a ver Sex and The City (ahora lo pongo en inglés porque así parece que de verdad sé de lo que hablo).
Pero la vida da vueltas, sobre todo cuando solo tienes que trabajar doce horas a la semana, apenas tienes nada que estudiar, vives a 2500km de casa y la gente importante que había aparecido en tu vida en la Ciudad Posnuclear se ha acabado yendo. En este estado, decidí empezar a ver Sex and The City (ahora lo pongo en inglés porque así parece que de verdad sé de lo que hablo).
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